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SJ Julio Vértiz
EL VERBO DE LA JUVENTUD MEXICANA, GÜEY

Un pasado lleno de discursos, campeonatos nacionales e internacionales de oratoria, mantenimiento retórico de juegos florales, oraciones fúnebres, conferencias (ahora les dicen "magistrales" por razones que ignoro) asestadas a diestra y siniestra, por todos los rumbos y todos los temas; entrevistas por radio, televisión o periódicos, conducción de programas de gran seriedad cultural... y otros delitos mayores o menores, mortales o veniales (en la oratoria no hay "parvedad de materia", como decían los viejos confesores antes de que se dedicaran a perseguir infantes y adolescentes por los pasillos de las iglesias, colegios, monasterios, seminarios y otros píos lugares), me han hecho desconfiar de las elocuencias caudalosas y de la facilidad de palabra de los crisóstomos, popularmente llamados "pico de oro". Además de los desfiguros retóricos, la oratoria de concursos, juegos florales y actos políticos, tenía todos los riesgos de la seducción y la catarsis provocados por los trucos o, lo que es más grave, la exaltación de los demagogos o de los que se dejaban llevar por esa especie de ebriedad formada de palabras, un juego de gestos, sacudimientos de melena, ademanes enfáticos y el sentimiento de estar realizando algo heroico y capaz de salvar a la patria o a la cultura por medio de la acción de la muchedumbre enardecida que muy pronto se pondría en movimiento.

A mediados del siglo pasado (Señor, Señor, en ese tiempo este bazarista andaba en la veintena y se dedicaba a la oratoria que se le había convertido en una grave adicción) la izquierda tenía un orador muy poderoso, aunque la extensión de sus discursos lo hacía perder votos en cada mitin, Vicente Lombardo Toledano. De él se decían muchas cosas: que tenía cien trajes de gabardina café y trescientas corbatas iguales, que le gustaba el vodka y amaba las tostadas con caviar. En fin... sobre el orador, líder y candidato a la presidencia cayó toda la obscena inventiva de los cínicos empresarios. Por encima de ese anecdotario rotario, quedan los amplios conocimientos de marxismo de Lombardo, su crítica al imperialismo y su hábil y elegante manera de estructurar sus largos discursos que casi siempre terminaban dejando una serie de preguntas y de temas para la reflexión.

La derecha, por su parte tenía un orador elegante y, por lo mismo, enemigo de las vulgaridades emotivas, Efraín González Luna, candidato del pan a la presidencia, traductor de Joyce y de Claudel, compañero de Maritain y, nadie es perfecto, apoyado con ánimo reticente por los sinarquistas. Los discursos de González Luna son buenos modelos de construcción clásica y de afortunada selección de palabras. Mucho me temo que para la mayor parte de los actuales panistas estén en chino mandarín o en búlgaro eclesiástico. Herrera y Lasso, Samperio y Estrada Iturbide eran los otros tribunos panistas. Don Manuel Gómez Morín escogió un estilo de gran precisión verbal y un tono muy alejado de los excesos oratorios. Preciado Hernández, por su parte, siempre usó el estilo pausado de la cátedra filosófica.

El presidente López Mateos era un orador brillante. Formado en la campaña vasconcelista al lado de Gómez Arias, Germán de Campo y los hermanos Magdaleno, sabía improvisar y tenía bien aprendido su repertorio de citas. A su lado, los "jilgueros" priístas eran unos pajarracos gárrulos llenos de lugares comunes, de méxicos para el aplauso fácil y de elogios excesivos a sus candidatos que muy pronto se convertirían en sus benefactores y agentes de colocaciones.

La Iglesia católica tenía algunos oradores sagrados que venían de la arenga cristera o del fervorín en la Acción Católica o la Congregación Mariana. Los jesuitas Castiello y Vértiz cultivaban una oratoria sagrada que se dirigía a los estudiantes universitarios. Vértiz era buen alumno de Bossuet y mucho sabía de argumentaciones, refutaciones y peroraciones. Castiello era más poético y reposado.

Prevalecía el recuerdo de los miembros del cuadrilátero: Urueta, Querido Moheno, Lozano y Olaguíbel. Don Nemesio García Naranjo fue uno de sus seguidores. Los cuatro se dedicaron a la oratoria política, pero sobre todo a la forense. Moheno se hizo famoso por su defensa de la trágica señorita México, acusada de excesos pistoleriles. El más señorial era el draculesco Lic. Lozano. Urueta era un orador erudito y dramático, mientras que Olaguíbel se inclinaba por las parrafadas poetizantes. Demóstenes, Esquines y Castelar eran sus sombras tutelares.

Mi generación tuvo oradores desmelenados y valientes. Alguno de ellos, en pleno vértigo emotivo y poniendo en riesgo su vida, declaró que "pase lo que pase y arrostrando peligros e incomprensiones, aseguro ante ustedes que creo en el presidente Ruiz Cortines y exijo que se le respete". Entre los ustedes estaba el presidente Ruiz Cortines cubriendo con la mano la media sonrisa provocada por el valeroso orador juvenil. Los concursos de El Universal (les recomiendo consultar el librazo de don Guillermo Tardiff, El verbo de la juventud mexicana en los concursos de oratoria de El Universal) despertaban un enorme interés. Recuerdo a Muñoz Ledo, De la Hoz, Corrales Ayala, Cobián Pérez, los Vázquez Colmenares, Alfredo Hurtado, Osante y Carlos Monsiváis que no subía a la tribuna, pero, entre bambalinas, escribía las improvisaciones de los finalistas de la capital, escogía metáforas aladas, alabanzas a las leyes de Reforma y ataques despiadados a la reacción.

Todo eso pasó. Está muerto y enterrado, de acuerdo. Pero me pregunto qué es lo que ocupa su lugar en la política. Comprendo que los actuales estadistas huyan de la metáfora como los campesinos búlgaros huían de la vacuna (Jardiel Poncela dixit) y que se inclinen por un tono menor reflexivo y lleno de cifras y de escenarios, de "nichos" y de "en el marco" y "dentro del contexto". Como la mayor parte son economistas de institutos finos, universidades de gente bonita y colegios en inglés, desprecian la facilidad de palabra y, en busca de la claridad en la cual brilla la sabiduría, acaban encerrados en unos galimatías inextricables que hacen doblemente graves su ignorancia, su desconocimiento de la lengua castellana y su repertorio de palabras más esmirriado que el de Televisa.

Uno piensa que la facilidad de expresión verbal es condición necesaria para dedicarse a la política. Pues no es así. Debo decirles que un político importante me hizo sufrir lo indecible hace unos días. El buen señor tardó más de diez angustiosos segundos en encontrar la palabra "calle". Algunos gobernadores parecen sufrir graves trastornos del lenguaje y varios diputados y senadores optan por hacer borucas cuando no encuentran las palabras o cuando se autopialan en una argumentación. Por otra parte, hay varios obispos y jerarcas religiosos en plena guerra con la prosodia y algunos ministros de la Corte que hablan un español deshuesado y desarticulado al que llaman lenguaje jurídico. Por último, pensemos en la oratoria empresarial, con giros campiranos y juveniles del primer mandatario. Les aseguro que en esos desfiguros mucho tienen que ver Og Mandino y los maestros de la alfabetización de gerentes.

A ratos dan ganas de escuchar a los viejos oradores. Tal vez con sus cursilerías y engañifas nos permitan descansar del verbo güey de la juventud güey mexicana güey que ilumina con resplandores retóricos la güey casa del big brother. Ojalá que pronto regrese "Por mi madre, bohemios". Sus huérfanos la necesitamos con urgencia. Don Carlos, que regrese su columna güey, no se haga usted ídem.

Hugo Gutiérrez Vega
jsemanal@jornada.com.mx


Tres ilustres, altísimos, infranqueables obstáculos se alzaban en el sendero del P. Vértiz como director de juventudes. Y él estaba consciente de la inmensa dificultad para trasponerlos.

Eran dos muertes y una vida. O mejor dicho: dos rastros de sangre indeleble y la honda huella de una vida. Primero los muertos:

El P. Pro a cuya alma se asomara el propio P. Vértiz en vísperas de su partida, a través de cinco ventanas luminosas; el P. Pro, desde un charco de sangre, creciendo cada día más, y subiendo así, grada por grada, hacia los altares;
El P. Jaime Castiello, aquel que soñara construir la Jerusalén Celestial... con humilde adobe mexicano; quien fuera certeramente definido como un raro libro compuesto sólo de un grandioso prólogo y de un breve epílogo, manchado al regar con su sangre los caminos del México que apenas estaba redescubriendo.
Y el P. Martínez Silva, prodigiosa figura a quien Dios permita que un día se haga justicia, valorizando deliberadamente su grandeza. . . pero todavía en vida.
Entre los tres se habían repartido la dirección de la juventud inmediatamente anterior y de la misma generación puesta luego al cuidado del P. Vértiz.

Con qué gallardía asumió la tarea que heredaba de tres titanes, tan diferentes entre sí, y tan semejantes en el heroísmo de la santidad.

Dirigir a los jóvenes, precisamente a los jóvenes, entraña y supone la posesión de un auténtico sentido de juventud, que no se adquiere, pero sí se perfecciona.

Y el P. Vértiz lo traía en su sangre, en su espíritu y en su formación. Era pues, un innato director de juventudes, dotado de una espléndida facultad recibida de lo Alto, en su ascenso a lo Alto.

Muy pronto empezó a mostramos las brillantes y complejas facetas de su personalidad magnética y fascinante.

Y así fuimos viendo que en él había un gran caballero, humilde, limpio, inquebrantable, de contagiosa sinceridad, más natural y humano por el espíritu sobrenatural que lo embargaba: defensor de los de abajo y azote de los de arriba; emotivo hasta el entusiasmo rayano en el frenesí; en suma un varón de Dios, un héroe de la fe, un predicador alucinante, un celoso sacerdote, un hijo legítimo de Ignacio de Loyola, un vigía visionario de la nave de Pedro.

No fue lento el conocer y reconocer sus virtudes y calidad, porque si él se desbordaba en palabras y acciones, ante nosotros se amontonaban, juntos y revueltos, los mil matices de su vida rica, varia, subyugan te. Y aún no calibrábamos el sentido de una pasión, cuando otra y otras presionaban sobre nosotros con la fuerza ardiente de una permanente ebullición.

La pasión, bronco tema de sus angustias creadoras y de su alma atormentada. El, tan santamente apasionado, planteaba lúcidamente el sentido dinámico de la pasión, gritando al oído de los poseídos de otras pasiones:

Cristo o perecer;
Cristo o la pasión;
la Pasión de Cristo,
las pasiones del hombre.
Y hacía vibrar nuestras almas con aquel medular mensaje suyo que forzosamente habríamos de hacer nuestro: "soy un designio de Dios desde toda la Eternidad".

Pero pensar que en su dirección y en su magisterio sólo operaba el sentimiento sería grave error y lamentable equivocación.

Por supuesto que creía en los factores emocionales y con qué emoción los aplicaba a su tarea. Pero en el fondo y en la forma de su esfuerzo jugaba papel definitivo un método, deliberado, personalísimo. En él contaban, con variable y desigual proporción, estos ingredientes: el arma de atracción de su simpatía; su vocación docente a base de convivencia fraternal; su optimismo y abnegación; su bondad que lo llevaba a reconocer lo bueno en los malos; su afán de sufrir y llorar con los que sufrían y lloraban, como correspondía a quien encarnaba un magnífico arquetipo de solidaridad cristiana; su facilidad para palpitar con los demás y para conmover a todos; su increíble poder para pasar del análisis a la síntesis, y viceversa, sin solución de continuidad; su firme adhesión al progreso, tan grato a los jóvenes; sabio, santo y artista, mezclaba talento y originalidad, elocuencia y cultura, espíritu de sacrificio y sentido estético; y al entregamos su corazón, nos daba su mejor enseñanza: la de su ejemplo, en que la generosidad y el desinterés tornaron símbolo imborrable los zapatos viejos y la sotana raída del P. Vértiz.

Enemistades irrefrenables.

Quien lo haya visto en aquellas horas únicas, nunca más lo olvidará. Quien haya sido cautivado por las audacias de su libertad de espíritu, nunca más se arrastrará por abajo, si no es para subir hacia Arriba.

Cómo admirábamos sus enemistades irrefrenables: contra tiranías individuales y colectivas; contra la mentira, la falsedad, la hipocresía y los "sepulcros blanqueados"; contra capitulaciones, traiciones y abyecciones; contra la cobardía, la componenda, el compromiso, la mediocridad y la rutina; contra los hombres afeminados y las mujeres masculinizadas; contra privilegios, facciones y banderías; contra la confusión, el conformismo y la comodidad enervante; contra todas las formas de la suciedad mental y moral; contra el capitalismo egoísta y el comunismo ateo, pero aceptando el fondo de justicia que se oculta en los orígenes del comunismo y proclamando su asombro por los métodos destructivos y la mística de los rojos, hasta comparar, aún en lo físico, a Nicolás Lenin con San Ignacio de Loyola, pero señalando su signo moral opuesto; contra el optimismo insensato y el pesimismo suicida; contra apaciguamientos y apaciguadores; contra la riqueza mal habida y la pobreza mal llevada.

A tal extremo iba en su pasión por la justicia que parecía ubicado a las puertas del Cielo, como vigilante inconmovible, para ver si algún camello pasaba por el ojo de una aguja, es decir, para saber si algún rico se salvaba.

Los jóvenes de entonces gozábamos con el catálogo de sus "contras" que los hombres de hoy creerán terrible e interminable. Después de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos -a la que consagró tantos trabajos y desvelos-, las nuevas generaciones heredaron nuestro gozo al recibir el consejo intrépido que nunca les escatimó el P. Vértiz.

Afán constructivo

No era el P. Vértiz, sin embargo, un espíritu destructivo. En efecto, había en él mucho, pero mucho de afán constructivo. Y también tenía, pues, sus "pros", pocos pero bien escogidos: Dios, su Iglesia, su Patria, y el que fue quizá su más grande amor en este mundo, con miras al Otro: su Compañía de Jesús.

Ante tan peculiares manifestaciones de su personalidad, desde entonces y después pudo haber quien creyera que aquel haz de nervios tensos estaba al borde de la locura. Falso. El P. Vértiz estaba realmente loco, pero su locura era la locura de la Cruz.

Fueron los jóvenes los predilectos de su corazón, predilección que extendía a sus muchachos para siempre. . . hasta cuando ya no eran muchachos.

Por eso donó a ellos gratuitamente, sus mejores enseñanzas, casi todas ellas esculpidas con inolvidables frases lapidarias.

Por eso también a veces, fue un conductor conducido por sus muchachos, porque el amor que les tenía a ellos hacía que ellos lo arrastraran a él.

Sólo algunas de sus enseñanzas saldrán de nuestros labios; otras quedarán para siempre en nuestros corazones como propiedad personal e intransferible, incorporadas a nuestras vidas.

Nos enseñó -según la frase del poeta sobre la pecadora de Magdala- a conservar el poder de asquearnos y la gracia de aburrirnos.

"Cristificar" toda la vida era su lema y con esas mismas palabras.

En nuestros oídos, todavía juveniles y ya pecadores, clamaba: "hay que dar a la vida una pasión santa que la eleve".

Y aquel consejo tan suyo, que a muchos espantaba: caer a los pies de Cristo inmediatamente después de caer en el pecado.

De él, alto exponente de la razón razonadora, aprendimos a condenar al racionalismo; de él, creyente en lo útil de lo material, a repudiar al materialismo; y a aprovechar lo mejor de la modernidad, ligándolo a lo mejor de la tradición; ya tener un sentido moderno de México y del mundo.

Aguda y fina sensibilidad

Fogoso y exhuberante, fiel a su gran destino, irradiando luz e inflamado de caridad, su voz deslumbrante nos comunicaba hasta lo que yacía en los repliegues más recónditos de su alma en remanso -si es que alguna vez hubo remanso en su alma-, y en ocasiones su lengua adquiría la misma resonancia de los grandes cristianos a cuyo grupo pertenecía, o semejaba el látigo de santa indignación que golpea la espalda de los culpables.

De su aguda y finísima sensibilidad brotó una extraña enseñanza que nos repetía sin cesar, y que debiera alcanzar máxima difusión: que los la mandamientos son precisamente la, y que los la todavía están vigentes, no solamente el quinto y el séptimo, pues él sabía que muchos creen o fingen creer que los otros 8 Mandamientos no rigen ya.

Y añadía que el pecado de soberbia, por ejemplo puede ser tan grave o más que matar o robar.

Del P. Vértiz aprendimos el sistema de digresiones y comentarios, dejando de lado el texto escrito para con oportunidad o sin ella, subrayar ideas, afianzar propósitos o destacar problemas.

Seguiríamos con mucho gusto tan eficaz sistema si no fuera porque este trabajo -a nuestro juicio sin motivo-, está destinado a imprimirse después.

Nos limitamos por ello a modificar el procedimiento del P. V értiz para dejar constancia, un poco al margen del tema, de dos sugestiones:

1a. Que se editen cuanto antes los libros, ensayos, conferencias, sermones, ejercicios, etc. que cubre, y llenan la fecunda vida del P. Vértiz, y que ha de prolongado con fruto incalculable. Y

2a. Que se edite también su abundante anecdotario, que deformará la leyenda si a tiempo no lo recoge la historia.

( Entre paréntesis, algunas anécdotas muy suyas:

* Aquella supuesta tarjeta de visita cuyo escueto contenido circulaba en República de Cuba 88, que se decía: "Julio J. Vértiz, caballero hispánico";

- Y alternando con el gesto españolista, la profesión de fe en Francia, calificándola, en un relámpago de su verbo, "como el laboratorio donde Dios ensaya las fórmulas universales del mañana";

- A expulsión, nunca consumada, de los estudiantes que no pagaban la renta en la casa de Argentina 5;

- Describir el Cielo no es posible, explicaba un día a sus oyentes, pero se puede barruntar lo que Allá sucede, con este ejemplo: a mí me gusta mucho la música, especialmente la de Beethoven; pues en el Cielo espero oír la música de Beethoven pero tocada por el mismo Beethoven;

- Un distinguido profesionista temía confesarse con el P. Vértiz porque, al repetirle el mismo pecado, ya sabía la respuesta: "más originalidad, licenciado, más originalidad hasta para pecar" ).

Elocuencia a su voz y pasión a su vida. . .

Durante mucho tiempo, y con toda razón, se hablará de sus obras, mientras ellas vivan, o duren sus consecuencias, o subsista su recuerdo. Sermones, escritos, organizaciones, iniciativas, proyectos, irán dilatando, en extensión y profundidad, la tarea que él inició y que ahora vigila con mirada más clara y segura. Imposible una enumeración porque sólo él supo todo lo que hizo y todo lo que emprendió. Basten algunos datos salientes: creación de numerosos organismos religiosos y seglares, de estudio y difusión, de cultura y caridad; ejercicios espirituales convertidos en acción permanente por virtud de la Liga de Perseverancia; la Universidad Católica, que dejó madura para una realización inminente; las Jacarandas, donde volcó sus últimos y más quemantes anhelos de ayudar a los pobres; en fin, aquella faena nacida del pasaje evangélico relativo a la piscina probática, faena informe pero genial, a la que llamó "El apostolado del empujón".

También se hablará mucho -ya se está hablando- y no con menos razón, de los múltiples aspectos de su vida. Se le distinguirá y caracterizará como dirigente de la juventud, director de Ejercicios, sacerdote, jesuita, amigo, intelectual, poeta, predicador, maestro, apóstol, etc., etc. Y encontrándose otros muchos aspectos de su personalidad siempre habrá omisiones, y si no las hubiera, aún se incurrirá en error, porque todos esos aspectos, ni juntos ni separados, alcanzan a integrar su personalidad total, pues ella reúne, desarrolla y supera todos sus aspectos, pero creando una nueva especie humana, de la que sólo ha habido un único ejemplar: Julio J. Vértiz. Servirá él, en lo futuro, como medida para juzgar a los hombres superiores, como él lo fue. Y entonces se dirá de un gran hombre que se acerca tanto o se aleja cuanto del modelo: Julio J. Vértiz.

Pero no entenderá en su plenitud la vida y la obra del P. Vértiz quien ignore que hubo un misterio en su existencia, un misterio curiosamente sencillo y trascendente, diáfano y definitivo, pregonado a toda hora y también yacente en la claridad deslumbradora de su espíritu; algo que dio elocuencia a su voz y pasión a su vida; que lo sostuvo en penas, angustias y sinsabores; que lo alentó en las horas de fatiga e incomprensión, y que gritó en todas las tribunas de México; algo con que superaba las propias y las ajenas melancolías, y :aplacaba! los tumultos en su alma y en las almas; con que templaba la justicia divina para consuelo de los tristes y de los cobardes; algo con que colmaba los abismos insondables de la incertidumbre y tendía puentes de luz a las esperanzas de los pecadores; un misterio, en fin, de amor y generosidad que, por extraña paradoja, nos legó como lección imperecedera y que al mismo tiempo se pudo llevar entre su bagaje de viajero hacia la Eternidad; su fe infinita en la infinita misericordia de Dios.

("Corporación" -Abril de 1957)

Armando Chávez Camacho




El Maestro Jesús Becerril empezó pintando acuarelas taurinas y se hizo pintor por vocación, porque nació con la inquietud de la pintura, dijo tener como guía al padre Jesuita Julio Vertiz, que en momentos difíciles y nada deseables, siempre ha estimulado con sus sabios consejos y motivado a través de su basta experiencia.

Jesús Becerril Martínez tiene en su haber un amplio curriculum como pintor, en el que siempre a buscado cristalizar un servicio a Dios "Lo importante es no claudicar, aunque se vivan momentos difíciles seguir adelante, buscando ser lo mejor, porque no hay ser humano que no tenga las necesarias facultades para realizar lo que se propone."

Justificación:
Jesús Becerril Martínez quien es considerado como mejor pintor muralista del Estado de Hidalgo y no sólo de Hidalgo sino del país cuenta con diversas exposiciones, murales, pinturas y reconocimientos motivo por el cual consideramos que sería importante considerarlo dentro de este trabajo ya que también presenta una faceta más, la de un ser humano íntegro que puede ser un gran ejemplo a los jóvenes de la actualidad sobre su carrera nos mencionó lo siguiente:
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